Rut 1:1-14
Elimelec traslada a su familia a Moab
1 En los días en que los jueces gobernaban Israel, un hambre severa azotó la tierra. Por eso, un hombre de Belén de Judá dejó su casa y se fue a vivir a la tierra de Moab, junto con su esposa y sus dos hijos. 2 El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí. Sus dos hijos se llamaban Mahlón y Quelión. Eran efrateos de Belén, en la tierra de Judá. Así que cuando llegaron a Moab se establecieron allí.3 Tiempo después murió Elimelec, y Noemí quedó sola con sus dos hijos. 4 Ellos se casaron con mujeres moabitas. Uno se casó con una mujer llamada Orfa y el otro con una mujer llamada Rut. Pero unos diez años después 5 murieron tanto Mahlón como Quelión. Entonces, Noemí quedó sola, sin sus dos hijos y sin su esposo.
Noemí y Rut regresan a Judá
6 Estando en Moab, Noemí se enteró de que el Señor había bendecido a su pueblo en Judá al volver a darle buenas cosechas. Entonces Noemí y sus nueras se prepararon para salir de Moab y regresar a su tierra natal. 7 Acompañada por sus dos nueras, partió del lugar donde vivía y tomó el camino que las llevaría de regreso a Judá.8 Sin embargo, ya puestas en camino, Noemí les dijo a sus dos nueras:
—Vuelva cada una a la casa de su madre, y que el Señor las recompense por la bondad que mostraron a sus esposos y a mí. 9 Que el Señor las bendiga con la seguridad de un nuevo matrimonio.
Entonces les dio un beso de despedida y todas se echaron a llorar desconsoladas.
10 —No—le dijeron—, queremos ir contigo a tu pueblo.
11 Pero Noemí respondió:
—¿Por qué habrían de continuar conmigo? ¿Acaso puedo tener más hijos que crezcan y sean sus esposos? 12 No, hijas mías, regresen a la casa de sus padres, porque ya soy demasiado vieja para volverme a casar. Aunque fuera posible, y me casara esta misma noche y tuviera hijos varones, entonces, ¿qué? 13 ¿Esperarían ustedes hasta que ellos crecieran y se negarían a casarse con algún otro? ¡Por supuesto que no, hijas mías! La situación es mucho más amarga para mí que para ustedes, porque el Señor mismo ha levantado su puño contra mí.
14 Entonces volvieron a llorar juntas y Orfa se despidió de su suegra con un beso, pero Rut se aferró con firmeza a Noemí.
Estimado lector:
En versículos anteriores, las Escrituras nos muestran a Noemí saliendo de Belén hacia Moab por causa del hambre, perdiendo a su esposo Elimelec y luego a sus dos hijos, Mahlón y Quelión. Queda sola en tierra extranjera, vacía, con dos nueras moabitas y sin esperanza de futuro. Es en ese trasfondo de pérdida total donde se nos abre Rut 1:1-14, y donde Dios comienza a revelar, en silencio, el rostro de Su consuelo.
La vida es impredecible. Aunque sea una vez en la vida, todos se enfrentan a un fracaso o a un peligro inesperado. Llega el fin de las relaciones, de las finanzas, el corazón queda destruido y nos damos por vencidos. En ese momento, lo que define la vida es quién nos acompaña. Si no se tiene a quien ayude en las situaciones difíciles, la vida se puede derrumbar ante el menor problema. Pero hay vidas que pueden volver a levantarse si tienen al menos a una persona que les dé la mano.
El tema central que brota de este pasaje es el amor de Dios manifestado a través del consolador que Él envía —Su gracia y misericordia hechas presencia humana al lado del que sufre. Un buen consolador nos sujeta de la mano cuando caemos, nos acompaña hasta el final y nos levanta. Con solo tener a alguien así a nuestro lado, nos sentimos seguros; y en ocasiones, es un gran consuelo el simple hecho de que nos acompañe en silencio. Tener a alguien a nuestro lado al tropezar es una bendición que se convierte en la fuerza para no derrumbarnos.
Para los creyentes del Antiguo Testamento, este consuelo se manifestaba a través de pactos de fidelidad y vínculos de sangre. David logró sobrevivir a cada tribulación de la vida gracias a los compañeros que Dios le envió: ante la espada de Saúl, lo defendió Jonatán; ante la traición de su hijo Absalón, lo salvó Husai. Noemí, en su vacío y amargura, tuvo a su nuera Rut, quien se aferró a ella y declaró que la seguiría hasta el final, mientras que Orfa besó a su suegra y se volvió a su pueblo (Rut 1:14). Para el cristiano de hoy, esta misma verdad se ilumina en la Cruz del Calvario y en la tumba vacía: Cristo es nuestro Consolador supremo, el que prometió no dejarnos huérfanos, y desde Su resurrección nos envía Su Espíritu Santo y también hermanos de carne y hueso que encarnan Su presencia.
Por lo tanto, todo creyente debe pensar constantemente en este llamado, y debe reconocer que ha sido llamado a ser un consolador así para los demás. En lugar de vivir para uno mismo, tenemos que ser esa persona capaz de sostener al otro cuando tropieza —una Rut en la vida de algún Noemí—, dispuestos a no soltar la mano del que sufre aunque el camino sea largo y costoso.
Detengámonos en el gesto del aferrarse que aparece en Rut 1:14, cuando “Rut se quedó con ella”. La mano que sostiene es símbolo de la fuerza superior de Dios puesta al servicio del débil, de Su plena soberanía manifestada en ternura. Cuando alguien se aferra a nosotros en nuestra hora oscura, no es solo un gesto humano: es la mano del Señor que actúa a través de él. Y el silencio del que acompaña sin juzgar es también símbolo del Espíritu Consolador, que muchas veces obra sin palabras.
El beneficio espiritual de esta verdad debe causarnos profundo gozo: Dios, en vez de abandonarnos, manda a alguien para que nos consuele y nos acompañe, y este consolador deja en el peregrinaje de la vida los rastros del Señor. Cada mano amiga que nos sostiene es una huella de Su presencia; cada compañía silenciosa es un recordatorio de que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón. Saber esto nos llena de seguridad y nos quita el miedo.
En conclusión, estimado lector: a todos nos llega el momento de la oscuridad en la vida, pero no temeremos si tenemos a alguien que nos acompañe con el corazón del Señor, porque a través de esa relación conoceremos el amor y la compañía del Señor mismo. Y seamos nosotros, los unos para los otros, ese consolador fiel que se aferra y no se va. Porque cuando vivimos así, nuestra vida deja de ser solo nuestra y se convierte en testimonio del Dios que, aun en la tierra de Moab, nunca abandona a los Suyos.
